Cuando por fin amanecimos, nos hicimos unos cafés en el office (estos cafés eran de cápsula y no estaban nada mal) y bajamos con ellos a desayunar. Sabia elección. Los cafés de la sala de desayunos eran imbebibles. Al llegar nos presentaron a las muffins y nos hicimos amigos nada más conocernos. Las había de chocolate, almendras, arándanos, frambuesas, etc. y la verdad es que me gustaron todas. Las muffins del Yotel nos arreglaron los desayunos durante toda nuestra estancia en NY.
Quedamos en la puerta del hotel a las 9:00 y nos dirigimos a la parada de metro de la calle 42 con Port Authority. Al salir del hotel nos percatamos de que César no nos acompañaba ese día pero en su lugar vino con nosotros un homeless muy majete que hablaba castellano con fluidez. Compramos los abonos de transporte semanales (31$ por cabeza ) y empezó el Periplo por el metro. Como íbamos a Harlem a ver una misa Gospel cogimos una línea que nos llevaba hacia el uptown y acertamos de pleno a la primera. Luego nos dimos cuenta de que algunos trenes eran express y otros (los que paraban en todas las estaciones) no. Gracias a Mónica, Cris y Ana, concejales de transporte, y a unos amables agentes de la ley que hablaban perfecto castellano, ya no había secretos para nuestro grupo en la red de metro de NY.
Harlem
Cuando llegamos a Harlem nos recibieron con los brazos abiertos, incluso las tiendas colgaron letreros luminosos informando de nuestra llegada.
Fuimos paseando hasta dar con una de la iglesias que tenía Mónica en su lista y un negro albino no nos dejo entrar por ser una misa privada, pero nos informó de una iglesia cercana a la que ir.
Cuando llegamos nos recibieron con una sonrisa y nos invitaron a pasar y sentarnos. Quedaban 35 minutos para empezar la misa pero como era domingo de ramos nos dieron unas hojas de palma y nos pusimos a hacer trenzas y lazos, unos mejor que otros. Que contar de la misa, fue todo un espectáculo de principio a fin. A todos se nos pusieron los pelos como escarpias y a alguna le salía la emoción a borbotones por los ojos. Al poco de empezar la misa uno de los feligreses nos increpó a los turistas por no colaborar con la celebración así que nos pusimos todos a dar palmas y a mover la cabeza como posesos. Alguno salió hasta un poco más moreno de piel de tanto ímpetu.
A las dos horas de misa nos fuimos por que a César le dio un ataque de tos psicofónico y ya que estábamos fuera aprovechamos para comer. Probamos en el Sylvia's y al no haber sitio nos fuimos al Jacobs. Otra vez sabia elección. Comida al peso muy buena: costillas, pollo a la jamaicana (que parecía un desafío picante de crónicas carnívoras), ensaladas,... y todo ello acompañado de música en directo. Tocaban de P.M. y hasta mi mujer salió diciendo "I love you" al cantante.
Al salir me acerque a un deli a comprar algo de beber que apaciguara el picor en mi boca. Entre todas las posibles bebidas a elegir me decanté por una Coca-Cola de cerezas. Esta vez no fue tan sabia elección. Era cómo chupa chups de Fiesta líquido.
Cogimos el metro y fuimos a la 49 entre la 8th y Broadway para recoger las bicis y empezar la segunda etapa de este gran día.
Paseo en bici por Central Park
Nos repartieron las bicis y los cascos y por alguna razón el mío era más pequeño de lo normal. Después de practicar un poco por la acera frente al local cogimos la 8th rumbo a Central Park. La verdad es que era muchísimo menos peligroso de lo que había imaginado y por el carril bici llegamos en nada.
El paseo por Central Park no pudo ser mejor. Las vistas, las calesas, los patinadores, los runners,... Todo era un poco de película, pero allí estábamos. Hicimos un recorrido por todo el parque y en la zonas en las que no estaba permitido ir en bici bajábamos de ellas y las llevábamos a pie para no perder detalle. En el recorrido, salvo un par de repechos, todo era muy llanito y fácil de hacer en bici.
Después de visitar los nada inodoros baños junto al castillo Belvedere fuimos a la zona de Strawberry Field, frente al edicificio Dakota, y nos hicimos algunas fotos.
La vuelta desde central Park hasta la 49 a devolver las bicis fue, desde mi punto de vista, lo mejor del paseo. Bajar en bici por broadway entre el trafico y los taxis y ver al fondo Times Square no tiene precio.
Dejamos la bicis y nos metimos en el bar más cercano a beber unas cervezas y así recuperar el PH. Todavía nos quedaban cosas por hacer en este duro pero inmejorable día.
Cena/concierto en el BB King
Nos quedaban pocas fuerzas pero lo dimos todo. Después de hablar fluidamente en inglés con la taquillera del local, accedimos y esperamos a coger mesa para doce.
En ese momento volvió a aflorar el lugarteniente de Medellín interior de Marga y al ver que nos quitaban la mesa gente que había entrado después de nosotros, se encaró a varios tiarrones y consiguió la mesa. Menuda es Marga (sino preguntarle a Juan).
El concierto y la cena, como no podía ser menos en ese día, fueron también espectaculares. Los cantantes eran unos troncha-mozos que se movían con si pesasen 45 kgs. y las canciones eran clásicos que todos conocíamos.
Por poner una pega, el grupo de gallinitas amenorreicas que no dejaron de gritar en ningún momento.
Nos fuimos al hotel y yo ni me pude despedir de nadie. La Coca-Cola de cerezas había hecho su efecto y casi no llego al baño. Cada vez estaba mas claro que no había sido una buena elección.





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