miércoles, 10 de abril de 2013

Día 4 - 26 de Marzo de 2013 - El día que miramos a la muerte a los ojos

Un nuevo día en Nueva York. Se notaba que cada día estábamos más cansados, pero no íbamos a desfallecer hasta el final.

Como siempre quedamos a las 9:00 en la recepción del hotel y nos dirigimos al metro. Hoy tocaba alejarse algo más del centro. Íbamos a ver Tribeca y Soho por la mañana y Chinatown, Little Italy y puente de Brooklyn por la tarde.

El paseo por Tribeca y Soho fue de lo más tranquilo. Paseamos por sus calles disfrutando de la arquitectura de los edificios y de las escaleras de incendios de hierro forjado. Algunos quería parar a tomar un café y al fin encontramos donde. Unos fuimos a Starbucks, como no, y otros a Balthazar. Mientras tomábamos el café algunos entramos en Papyrus que era una tienda de manualidades y papel. Al final compre algo de papel de Origami. Hasta ese momento parecía que aquel sería un día tranquilo en la gran manzana.



Nos fuimos acercando a la zona de Chinatown y cuanto más cerca estábamos más parecía aquello una tienda de todo a 100 extra grande. Había chinos por doquier e incluso vimos chinos viejos, de esos que tienen las uñas largas y con tropezones bajo ellas.

En la guía del poder nos recomendaban un restaurante que desde fuera no parecía muy salubre (New Green Bo Restaurant). Todas las ventanas estaban tapadas con periódicos viejos y no se podía ver el interior. Entramos y nos dimos cuenta que no es que pareciera poco limpio el local, es que no lo era. Nos sentamos hombres y mujeres por separado y pedimos comida. Yo quería probar la sopa de noodles con pollo y me trajeron un tazón para 27 que no tenía fin. Eso si, estaba muy bueno, como el resto de la comida. Los que fueron al baño perdieron las ganas de vivir durante un rato, sobre todo cuando veían la puerta de la cocina en la que habían aparecido unas caras de Belmez. Aquella puerta era el Himalaya de las pruebas forenses para el CSI NY. Nos trajeron galletitas de la suerte al terminar y nos fuimos de compras.


Aquí es cuando se lío. Mientras Cris y Ramón se iban a ver discos y Ana y Sergio se despistaban del grupo, el resto nos adentramos en los bajos fondos de Chinatown. Marga y Puri querían ver bolsos falsificados y Ángel y César querían relojes. Buscamos a un chino con aspecto de vendedor de falsificaciones y la cosa fue fácil gracias a la inestimable ayuda de Ángel y su previa experiencia con los grupos organizados chinos. Empezaron a venir chinos con pinganillos para comunicarse entre ellos. Yo el chino no lo entiendo pero para mi que decían:
-"grupo de españoles con riñones bastante sanos para extirpar".

La primera china llamo a un chino que trajo un catálogo de relojes plastificado y cuando César y Ángel acordaron un precio, un tercer chino trajo la mercancía. Puri y Marga querían ver a los bolsos en persona y no por catálogo así que un nuevo chino nos guió a una casa en donde entre basura y destrucción fuimos a un local de venta de bolsos clandestino. Yo en principio estaba tranquilo por que en el grupo teníamos a nuestro John McClane particular, pero en un momento dado me puse el pasaporte entre los dientes para que les fuese más fácil identificar el cadáver. Sólo me venían a la mente imágenes de la peli "Golpe en la pequeña China".



César, usando apelativos extraídos de los tebeos españoles, consiguió unas gafas y Puri arraso con los bolsos. El chino en un principio no aceptaba nuestras ofertas en el regateo, pero al final cedió.

Salimos de allí todos juntos y en fila india, como cuando sales del pasaje del terror, y para celebrar que no habíamos muerto nos metimos en otra tienda de souvenirs de NY. Compramos camisetas, bolígrafos, llaveros, imanes,... a un precio bastante ajustado, o eso nos parecía hasta que los pagaron después que nosotros les hizo aún mejores precios. Conclusión, los chinos son como los gitanos pero con sueño.

En Little Italy entramos en un bar a tomar una cerveza y nos encontramos con la única persona de toda la ciudad que no fue amable con nosotros. Vamos, que era gilipollas.
Le molesto que al ser ocho personas ocupásemos más zona de la barra de la que el tenía estipulada. Salimos despotricando de allí y nos dirigimos a donde habíamos quedado con el resto del grupo, frente el ayuntamiento de NY. Contamos nuestra pequeña aventura aún con algo de miedo en el cuerpo y nos creyeron gracias a los documentos gráficos que hicimos en el lugar.

Fuimos andando hacia el puente de Brooklyn y lo cruzamos. Las vistas desde el puente eran espectaculares, y eso que estaba en obras. Al llegar al otro lado del río el 65% del grupo se meaba y como no pensábamos en otra cosa que en urinarios nos volvimos a despistar. Ana, Sergio, Cris, Ramón, Ana y yo fuimos a un parque y alli evacuamos mientras que el resto tuvo que pedir ayuda a un agente de la ley que les condujo a unos baños públicos dentro de una especie de edificio oficial de los EEUU. Otra anécdota que contar a los nietos.



En la orilla del río, y con el Skyline de NY de fondo, hicimos una sesión de fotos aprovechando la ligera brisa nocturna que nos dejo los dedos de los pies como a Juanito Oiarzabal.



Volviendo hacia Brooklyn tiramos de nuevo de la guía de poder y nos metimos a comer pizza a Grimaldi's, la mejor pizza de Nueva York. Todo productos frescos y una masa fina y crujiente buenísima. Vamos, que nos pusimos tibios.



Regresamos al hotel en metro y al llegar a la 42 con la décima y ver los neones púrpuras del Yotel se nos relajaron los esfínteres en plan perro de Paulov y nos despedimos rápidamente antes de que un gas provocara el primer rifirrafe dentro del grupo. Mañana sería otro día. Ya habíamos llegado al ecuador del viaje.

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